A finales de los 80 y principios de los 90, mis
veranos eran pura libertad, nunca sabías si era lunes, miércoles, viernes,
domingo… Todos los días te limitabas a hacer lo mismo: levantarte por la
mañana, ver una serie mientras desayunabas, bajar a la playa, subir a la
piscina y volver a casa para comer. Yo era feliz hasta ese momento…
- Mamá, no quiero comer tan tarde. Mis amigas
comen a las dos y cuando abre la piscina a las cinco, ya se pueden bañar y yo
tengo que esperar sola en la toalla hasta las seis- me quejaba yo.
- Pues las madres de tus amigas no saben
disfrutar. Estamos en la playa y aquí no hay horarios. Además, si comieras más
rápido, no acabarías a las cuatro de la tarde- sentenciaba ella.
Y después de muchos “come y calla”, “mamá se me
hace bola”, “es que los filetes
tienen nervio”, “mis amigas comen con
refresco” (yo no probé esta bebida hasta adolescente)… llegaba la hora de
ver la tele.
Y aquí, entraba en juego mi padre.
- Papá, ¿otra vez el Tour? Es muy aburrido, si
hasta tú te quedas dormido al final- rechistaba yo.
- Vale, pues cambia el canal- te decía,
maliciosamente (pues él ya había leído el Teleprograma esa mañana. Para el que no se acuerde, el TP era la revista que salía todos los lunes antes de que se inventara el teletexto y te decía la programación de la semana).
Y
tú te levantabas (porque en aquellos tiempos, el mando sólo era una entelequia),
inocentemente, y cambiabas al otro canal que había: La 1. Y allí estaba, la
película estrella: Tiburón. Yo jamás entenderé la obstinación del director de
Rtve por poner cada verano la dichosa peliculita. Porque a la gente le parecerá
un clásico, pero yo me pasaba los tres días posteriores horrorizada, sin querer
bañarme ni en el mar, ni en la piscina (porque ahora suena a tontería; para a
mí, la idea de que un tiburón pudiera meterse en las tuberías y salir por la
depuradora de la piscina me parecía algo perfectamente factible). Aunque,
confieso, que mi miedo a eso era inmensamente menor a que la depuradora se
tragara mis tripas si me sentaba en la rejilla de la piscina. Que ésa era otra
noticia estrella de cada verano, no había un verano en el que una depuradora no
absorbiera los intestinos de algún niño. Ya no sé si de verdad se daban esas
noticias o eran invenciones de mi madre, que no era muy amiga de las piscinas.
Pero bueno, a
lo que íbamos. Como niña espabilada, te guardabas el orgullo y el miedo, y
volvías al sofá. Intentabas aguantar, entrecerrabas los ojos… pero cuando el
escualo se acercaba y comenzaba la música, el pánico se apoderaba de mí y,
sutilmente, claudicaba.
- Papá, mejor vemos el Tour, que dicen que va
a ganar Induráin.
Así que volvía a levantarme, cambiaba el canal otra
vez, regresaba al sofá, cogía mis tebeos de Zipi y Zape y me ponía a leerlos
hasta que llegaban mis amigas para ir a bañarnos a la piscina. Bueno, a bañarse
ellas, yo me limitaba a mirarlas, sentada sola en la toalla esperando a que
dieran las seis de la tarde. Porque para comer no habría horarios, pero a la
hora de respetar las horas de digestión... nos guiábamos por un reloj suizo.
Y bueno… ¿por qué os he contado hoy la historia de
mi vida? Pues porque me voy unos días al Mediterráneo a casa de la familia
política, a disfrutar de la playa, del esnorquel, del sol… Y como nunca se sabe
cómo son las siestas en casa de nadie… me llevo a un amigo y a su pandilla: “El Pequeño
Nicolás” (porque el discurso de las horas de digestión arraigó en mi
interior y sigo respetándolas). Llevaba tiempo con ganas de leer las aventuras
de este chico y de sus amigos y, casualmente, cotilleando en biblioteca ajena
di con él. Así que, tras unos segundos de súplica, me lo agencié (el libro
estaba repetido en la estantería, así que… podemos decir que ha sido un acto de
solidaridad y difusión cultural).
Y con el libro de Nicolás en la mano, seguí mirando
la estantería y encontré otro que complementaba a éste así que… ¡tampoco pude
dejarlo allí! “Joaquín
tiene problemas” también de Sempé y Goscinny, que versa sobre uno de
los amiguitos de Nicolás que tiene problemas porque acaba de tener un
hermanito y no lo lleva muy bien.
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Cogiendo prestado... |
Así que voy a meter mis nuevas adquisiciones en
la maleta y, en unos días, estaremos todos en la playa convirtiendo la
digestión en momentos de risas. Os iré contando cómo se portan Nicolás y sus
amigos, porque creo que allí tenemos internet, pero no estoy segura.
¡Un abrazo muy grande!