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Lovecraft |
Con
motivo de ser noviembre el mes de Halloween, quise adentrarme un poco en alguna
lectura más oscura. Sin pensármelo mucho, para no echarme atrás, preparé dos
cartas que fueron enviadas lo más rápido posible. Una fue para el joven H. P. Lovecraft y otra para Edgar Allan Poe.
Lovecraft
fue un chico solitario, sobreprotegido, reprimido y fantasioso. Su madre
siempre le prohibió que se relacionase con otros niños de Providence (donde
nació), por considerarlos de clase inferior. Todo ello, y sus futuros problemas
económicos, influirá en su literatura.
Cuando
llegó al Lapin parecía algo desconcertado. Era aún un Lovecraft joven, de
dieciocho años, que traía bajo su brazo el relato de El Alquimista. No quiso tomar
nada, se limitó a leer su cuento de terror sin ni siquiera mirarme. Su actitud
era desconcertante pero, en lo más profundo de él, percibía los vestigios de
ese niño al que no le dejaron socializarse. No podía culparlo, no era un chico
maleducado, simplemente estaba acostumbrado a estar solo.
Sus
palabras me llevan a una montaña donde se yergue el castillo de Antoine, el
último conde de C. La familia de Antoine arrastra una maldición centenaria que hace
que sus condes mueran, sin excepción, a la edad de 32 años.
Lovecraft
me hace querer saber más y más de su historia. Sin embargo, a pesar de sus
pasadizos oscuros y de sus leyendas de muerte, este relato no ha producido en
mí el terror que esperaba. Más bien, he visto en Antoine la misma soledad que,
imagino, sentía él durante su infancia.
Súbitamente,
tras finalizar el relato, el joven se levanta y se esfuma de la sala. Me quedo
pensativa, con la cabeza apoyada en la mano y mirando por la ventana. Sin
esperarlo, el cielo se oscurece de pronto, como algo antinatural, y las nubes
color ceniza comienzan a escupir el agua a chuzos.
Edgar Allan Poe asomaba ya por una de
las esquinas cercanas. Vestía un atuendo oscuro y caminaba erguido, con un
cuervo posado en su hombro. Le adiviné una vida más apasionada que aquélla que
le había tocado vivir a Lovecraft.
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J. Cusack interpretando a Poe en The Raven |
La
intensa lluvia cesó, tan de repente como había aparecido, y una espesa niebla
comenzó a cubrir la calle adoquinada. No sé explicar los motivos que me
llevaron a tomar esta decisión pero, por primera vez, me levanté de la mesa
antes de que mi invitado pudiera llegar y le pedí a alguien que se sentara conmigo.
No quería estar a solas con el señor Poe. Lo reconozco, me provocaba terror
incluso antes de conocer sus escritos.

Comenzó
el relato de El Gato Negro. Una historia donde lo macabro
y el miedo se disputan el primer puesto en los sentimientos creados.
Finalmente, he de decir que se alza con la victoria un sentimiento macabro y
desagradable.
Cuando
la historia toca su fin, el gato salta a la mesa con un bufido casi infernal.
Doy un salto, arrastrando mi silla hacia atrás. Mi compañero pone una mano en
mi rodilla para hacer contrapeso y que no me golpee la cabeza contra la pared.
Cuando me recompongo, Edgar Allan Poe ya está en el marco de la puerta del
Lapin con el gato ronroneando en sus pies. Se lleva dos dedos a las comisuras
de los labios y emite un largo silbido. Un cuervo se posa en su antebrazo y me
grazna, enfadado.
-
Volveré
a visitarla señorita, tengo muchas historias para usted-
se despidió, llevándose consigo toda la oscuridad que había traído enganchada a
su capa y a su alma.
Me costó decidirme a leer a estos dos grandes de los relatos de
terror. Lovecraft es algo más misterioso y melancólico. A Poe lo he encontrado,
al menos en este relato, más cruento, feroz y desalmado. Pero he de decir que
me han gustado mucho más de lo que esperaba y estoy deseando leer más de ellos.
El Gato Negro no lo leí sola. Es más, no lo leí yo. Pedí que me
lo leyeran en voz alta. Es la primera vez en mi vida que alguien me lee y ha
sido una experiencia muy bonita. Cuando era pequeña en el colegio, no entendía
nada cuando los otros niños leían. Sin embargo, hoy ha sido precioso escuchar
una historia de la boca de otra persona ¡Gracias!