El
pasado sábado, pensaba pasarme la noche en casa viendo alguna serie. Sin
embargo, unos amigos me pidieron que les hiciese de canguro y se truncaron
todos mis planes. De camino a la casa, que se encontraba en mitad de la nada,
sin farolas, sin indicaciones, una carretera de campo… me llamó la atención que en los pueblos de alrededor parecían estar tirando fuegos artificiales sin
descanso.
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Bonfire en Londres |
En
cuanto llegué, le pregunté al padre que a qué se debía y me explicó que era la
Bonfire Night (Noche de las hogueras) (en realidad esa noche es la del 5 de
Noviembre, pero como este año caía en martes laborable, pues pasaron el festejo
al sábado). Conmemoran el intento fallido de algunos cristianos, entre ellos
Guy Fawkes, de hacer estallar el Parlamento en el año 1605, debido al mal trato
que recibía este grupo religioso por parte del rey (a muchos os sonará la
historia por V de Vendetta). Para
celebrar que aquel atentado no tuvo éxito, hay espectáculos pirotécnicos en
todas las ciudades y pueblos y los niños queman muñecos de Guy Fawkes.
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Ocho de los conspiradores |
Y
tras la explicación y los niños acostados, allí me encontraba yo: sola, en una
casa de campo descomunal, con ventanales por todos sitios que daban al oscuro
jardín, escuchando la tormenta y los aullidos del virulento viento que se había
levantado, con mi móvil inglés apagado y
sin batería (como de costumbre) y con la sensación de que, en cualquier
momento, sonaría el teléfono de la casa y yo lo cogería para ver cómo una voz
ronca y distorsionada me amenazaba desde dentro de la casa… (sí, así de
valiente soy yo sola y en la oscuridad…).
Pero
como no tenía más remedio que quedarme allí y hacerme la valiente, pensé en
llamar a alguien para que me hiciera compañía. Y entonces pensé en ella, una
escritora que cuando estamos leyéndola, la sentimos cálida, reparadora,
cercana… casi como una amiga.
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Escritorio de Chawton |
En
cuestión de minutos, me instalé al lado del horno de la cocina (unos hornos
antiguos que aquí dejan encendidos las veinticuatro horas del día) y Jane Austen
vino a compartir la noche conmigo. Me encanta encontrarme con ella en
Noviembre.
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Cocina de casa de Jane Austen, Chawton |
Sus
palabras me envolvieron desde el primer momento en que me presentó a Emma.
Preparamos té, que acompañamos con algunas chocolatinas que aún quedaban del
“truco o trato” de los niños, y pasó seis horas narrándome el peculiar carácter
de Emma Woodhouse; el comienzo de la amistad de ésta con Harriet Smith, una
chica más joven y humilde, a la que traerá de cabeza con sus consejos sobre el
amor; la hipocondría del señor Woodhouse; las protocolarias visitas a su casa
para la cena y los juegos de cartas…
Las
horas pasaron casi sin darme cuenta, me encontré con una Jane Austen risueña y
sarcástica que me sacaba una sonrisa en cada momento. Sin embargo, en cuanto se
abrió la puerta de la cocina y los padres de los chicos entraron a las dos de
la madrugada, la señora Austen se levantó y se fue por la puerta principal, tan
discreta como siempre.
Así de bien acompañada pasé mi Noche de las Hogueras (que
hubiese querido publicar antes, pero me ha sido imposible, soy como el conejo
de Alicia, siempre voy con falta de tiempo). Aún no he terminado de leer Emma,
pero estoy deseando volver a invitar a Jane Austen a tomar una taza de Earl Grey (con leche, por mucho que me digan los ingleses que es sin leche) y pasar
juntas todas estas tardes de lluvia, en las que la oscuridad de la noche se
hace dueña del cielo cada vez más temprano (16:30).
Las fotos son todas de Internet, excepto las de Chawton que las hice durante mi visita de las Pascuas pasadas.