Como os adelanté, hoy
espero a Jane Austen para hablar de La Abadía de Northanger. He reservado la
mesa cercana a la ventana, es la que más luz tiene y en el centro ya está
reposando el té (earl grey, desde que lo descubrí no quiero otro). Llega
puntual, con un vestido sencillo y una sonrisa dulce.

El sonido de su voz me
lleva hasta Bath para conocer a Catherine Morland. Se dirige a ella como la heroína de su novela. Es una chica
joven, fantasiosa y amante de las novelas de misterio de Radcliffe. Su
ingenuidad hace que confíe en las personas menos adecuadas. Y su imaginación,
derivada de la lectura de las novelas góticas, le dará algún que otro quebradero
de cabeza.
Me quedo embelesada
mirando cómo las palabras se suceden una detrás de otra. Descubro una Jane
simpática e irónica, que vierte todo su talento para regalarnos una gran sátira
social de esta época inglesa. Le sonrío tímidamente, aunque no paro de
entrelazar mis dedos nerviosos debajo de la mesa. Intento no mover mucho la
pierna, lo suelo hacer para relajarme, pero esta vez me estoy controlando.
Su monólogo me dibuja
en el aire la abadía del condado de Gloucestershire. Es propiedad de los Tilney.
En ella, Miss Morland pasará una temporada y dará rienda suelta a la imaginación
y al corazón. Es aquí donde Jane Austen me muestra su lado más misterioso e
intrigante. Catherine, nuestra heroína fabuladora, se perderá entre los muros
de la antigua abadía para tejer su propia historia, revelando sus misterios,
encontrando una gran amistad y, como no podía ser de otra manera, el amor.
En honor a la verdad,
he de decir que me ha cautivado más el sentimiento de amistad y de afecto que
Catherine vive con Miss Tilney, que la historia de amor en sí misma.
Sus páginas se acaban,
demasiado pronto para mi gusto. Jane se levanta con la misma elegancia y
naturalidad con la que llegó y sale por la puerta del Lapin Agile. Yo me quedo retrepada
en la silla, viendo como se aleja, y con la sensación de ser muy pequeñita.
Vuelvo a pensar en Miss
Morland. Me recuerda un poco a mí con diecisiete años, aunque yo era algo más
recelosa que ella. En mi caso, fue Agatha Christie la artífice de que pasara
horas y horas descifrando crímenes junto a Hércules Poirot. Eso ha hecho
que, a día de hoy, ninguna película de misterio o ningún libro del género logren
sorprenderme. Siempre lo descubro todo antes de tiempo. Desgraciadamente, tuve
que dejar de acompañar a Poirot, porque llegó un tiempo en que sólo soñaba con
asesinatos y quise darme un tiempo para no perder la salud mental.

Cuando leo alguna obra
suya, a cada momento, me entran ganas de enfundarme un bonito vestido para
acudir a esas fiestas de rancia burguesía y ver cómo sus protagonistas
intercambian miradas cómplices entre baile y baile. Y eso que yo no soy mucho
de arreglarme, pero dudo que me dejaran entrar descalza.
Espero que a Jane le haya agradado tanto la visita al
Lapin como a mí su compañía. Estoy deseando que vuelva a pasar por aquí…
Las fotos son cogidas de internet. La última es de una película que hizo en 2007 el director J. Jones. Aún no la he visto, pero tiene buena pinta.