“Pequeño Árbol, si no conoces tu pasado, no
tendrás futuro”.
Pequeño Árbol es un
niño de cinco años que queda huérfano y debe irse a las montañas a vivir con
sus abuelos cheroquis. El libro no es el súmmum de la literatura (incluso, hubo
veces que no me gustó la traducción), pero tampoco creo que lo pretenda. No
obstante, tiene un estilo sencillo, lleno de paz y se lee bastante rápido. No
hay una gran historia de amor, ni giros inesperados en su trama, sin embargo, encierra
algo en él que le hace ser especial: la ternura de un niño de cinco años que te
cuenta su vida. Creo que es el primer libro, en mucho tiempo, que me ha hecho
tener un nudo en la garganta mientras leía (y, aunque me da vergüenza, he de
reconocer que he llorado mucho). Pero no son lágrimas motivadas por sucesos
trágicos, todo lo contrario. Es emoción por la candidez y la inocencia del chico,
por su forma de ver la vida, por el amor que siente por sus abuelos (el momento
en el que le regala la caja de galletas a su abuela, yo lloraba con el corazón
encogido) y por la dedicación de éstos hacia su nieto.
El autor me ha traído
hasta las montañas de Tennessee y me ha dejado acercarme sola a la cabaña. Esta
es una experiencia que tengo que vivir empapándome de la energía y la quietud de
este lugar. Allí me esperan mis tres protagonistas, acompañados de Willow John,
un indio amigo del abuelo.
Por primera vez,
renuncio a la desnudez de mis pies y los cubro con unos mocasines hechos por la
abuela Bonnie Bee. Me llegan hasta el tobillo y, como ella misma dice, cuando
caminas por las montañas sientes “la
tierra tibia empujar, hinchándose en algunos sitios y cediendo en otros…”
Así, acompañaré cada día a Pequeño Árbol en sus aventuras e iré descubriendo la
belleza de estas montañas.
Montañas
como Islas es uno de esos libros con el que ríes y lloras. Cuando
terminas la última página, quieres salir corriendo y compartirlo con todo el
mundo. Es un canto a la justicia, a la defensa de los cheroquis, a la
naturaleza, pero sin caer en idealizaciones. A medida que iba leyendo, apuntaba
en la última carilla los párrafos y el número de la página que más me habían
gustado (terminé completando la cuartilla). Desde el verano pasado, tras haberlo
leído, cada vez que tengo la oportunidad de ver el sol desperezándose durante
el amanecer, recuerdo la frase del abuelo: “Se
está despertando”.
Todo el mundo tiene
alguna película, una obra de arte o algún libro que hace que le tirite el alma.
Para mí, este libro es uno de ellos. Quizás no sea un clásico, pero no por ello
tiene que ser malo. Soy de las que creen en la variedad y en leer buena
literatura, pero sea de la época que sea. ¿Acaso alguien que haya nacido en
1980 ya está condenado a no escribir porque sus libros serán considerados poco
más que banales? No sé, a lo mejor soy una exagerada, pero para mí es como si
le dijéramos a los niños que hoy día están en el colegio, que no tengan sueños
porque ya está todo inventado, que se limiten a vivir con lo que hay. Creo que
si nadie se hubiera arriesgado a escribir algo innovador, nos hubiésemos
conformado con recitar, de memoria, las epopeyas de Homero y nada más. No
tendríamos a Shakespeare, porque para Teatro ya estaban los clásicos de Aristófanes,
Sófocles o Eurípides; no habríamos leído más poesía porque tendríamos la de
Catulo… y así con todo. Defiendo los clásicos y, yo misma, suelo escoger leer
uno de ellos antes que cualquier libro contemporáneo; pero también me gusta dar
oportunidades y no encerrarme en la negación, por el simple hecho de que el
autor haya nacido hace cuarenta años. Nunca se sabe donde puedes encontrar un
personaje que se agarra de tu mano y te acompaña el resto de tu vida,
susurrándote aquellas palabras que tanto te gustaron en un momento determinado
de la lectura.
Volviendo a “Montañas…”, hace años había otra edición
que llevaba por título “La estrella de
los Cheroquis”, pero ahora la editorial Duomo lo ha sacado con este nombre.
Me gustan mucho más el nuevo título y la portada, igual de sencilla que la
historia, con las esquinas envejecidas y un árbol en medio rodeado de dos
perros. Además, la editorial me ha descubierto una palabra que desconocía y
ahora me encanta: “nefelibata” (persona que vive en las nubes).
Fue publicada en 1976. Del
autor (Forrest Carter) cuentan que, en realidad, se trataba de Asa Carter, un
antiguo político miembro de la American States Rights Association. Según esto, Carter renegó de sus ideas y se
retiró de la vida política para dedicarse a escribir.
También han hecho una
película: “The education of Little Tree”
(a ésta pertenecen las fotos de mi entrada). La he conseguido en inglés, pero
aún no la he visto. Me da miedo que corrompa la historia y quiebre mi visión de
las montañas.
¿Sabéis…? Hoy no volveré al Lapin Agile, me quedo un rato más
sentada en el porche de la cabaña, tomando un trozo de pastel de zanahoria,
disfrutando del atardecer salvaje y escuchando a la abuela Bee leer en voz alta
el libro de Macbeth que el abuelo trajo de la biblioteca.



