Anoche volví al Lapin.
Venía cargando en mis brazos los libros nuevos que me han regalado por Navidad.
No tenía intención de quedarme, sólo iba a depositarlos sobre la mesa para ya
volver, mañana o pasado, a encontrarme con alguno de los personajes que habitan
entre sus páginas.
Pasé un dedo por el
alféizar de la ventana y estaba cubierto por algo de polvo. Limpié un poco la
mesa (no me gusta que los libros se ensucien) y volví a colocar mis nuevas
adquisiciones, una por una. Acaricié la portada de la última novela. Era rígida,
suave, colorida y estaba fresquita en comparación con mis dedos.
No iba a leer nada,
estaba muy cansada y con un poco de mal cuerpo, pero mis dedos vacilaron antes
de irme. Acerqué una pequeña lámpara a la mesa y abrí el libro por la primera
página.
Ante mí apareció la
dulce y mordaz Virginia Woolf. Traía dos tazas de té, del resto que aún quedaba
del té navideño.
-
Te
ayudará con ese frío que tienes- me dice, mientras
aprieta mi mano y se sienta a mi lado.
La novela gráfica me
desvela su niñez. La primera imagen que se refleja es Virginia a la edad de
siete años, viajando en un tren, perdiéndose en las flores de la falda de su
madre. Todos los veranos, la familia escapa de la ciudad londinense con destino a St. Ives (Cornualles). Se trata de un lugar muy amado por la señorita Woolf (por
aquel entonces llamada aún Virginia Stephen). Me cuenta cómo disfrutaba de la naturaleza, de
los paseos en barca, del mar, de las olas…
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| Julies, Virginia y Adrian. |
Sigo perdiéndome entre
las ilustraciones de cada hoja y percibo cómo la piel de Virginia se tensa en
sus nudillos. Aprieta las manos en los momentos más desagradables de su
infancia, como la muerte de su madre o la relación con su hermanastro George.
Sin embargo, su gesto
se relaja cuando aparece su hermana Vanessa, quien fue siempre su fiel
compañera.
Tras la pérdida de su
padre, los signos de melancolía y depresión se convierten en compañeros
habituales de nuestra escritora. No obstante, Virginia vuelve a ser feliz
cuando se muda a vivir con sus hermanos a Bloomsbury.
Es en estos momentos
donde la encuentro más animada y realizada. Me enseña los artículos que escribe
para The Guardian; me hace partícipe de sus reuniones literarias y bohemias con
otros intelectuales como C. Bell (que se casará con su hermana Vanessa) o su
futuro marido Leonard Woolf (con quien fundará su propia editorial).
Pero es al hablar de
literatura cuando el brillo de sus ojos se torna más intenso. Su amor por la cultura
y la escritura es inenarrable. Me avergüenza decirle que sólo he leído una de
sus novelas, Flush; pero le explico
cuánto me gustó. Me la regalaron hace dos Navidades y me pasé dos días sin
separarme del libro, hasta que pude terminarlo.
El reloj va devorando
minutos, cada vez más deprisa. Sin apenas darme cuenta, Virginia me ha contado toda
su vida, de una forma amena y sin profundizar en detalles morbosos.
Al cerrar la última página,
Virginia se lleva una mano a la frente, quizás esté tan exhausta como yo, o
quizás son las voces que la angustian y que no ha logrado superar. Se despide
cariñosamente, ojalá pudiera retenerla un poco más. Al levantarse, el choque de
las piedras resuenan en el bolsillo de su abrigo, supongo que vuelve a su
hogar, en lo más profundo del lago…
Debo acostarme ya, es
bastante tarde y ella también se ha marchado. Pero estoy segura que volveré a
abrir el libro para reencontrármela; para intentar aliviar su pesar
cuando lo necesite, para verla disfrutar mientras escribe o, simplemente, para
compartir una taza de té mirando las olas de St. Yves desde la ventana del
Lapin.
No he
tenido la oportunidad de pasarme antes, pero espero que hayáis tenido una buena
entrada de año. Después de todo el período navideño sin escribir, me apetecía
compartir con vosotros esta novela gráfica que ha editado Impedimenta. La había
visto varias veces y no quería caer en la tentación de comprarla, pero al final
ha sido uno de los regalos de Reyes. En la próxima entrada, enseñaré los otros regalitos literarios.


