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miércoles, 18 de marzo de 2015

Recuerdos de Austen en los últimos coletazos del invierno.




Desde la ventana del Lapin, por donde cada vez más comienza a abrirse paso la luz del sol que anuncia el buen tiempo y los días más largos, observo el cielo con la mirada algo perdida entre esas nubes blancas que se dejan arrastrar por el poco viento que sopla. Me gusta este tiempo meteorológico, me reconforta que el sol me caliente los huesos, casi siento su vitamina en la piel. Quizás sea por eso que siempre me veo más guapa en primavera, a lo mejor, incluso más guapa de lo que realmente soy, pero me da igual. 



 
Mi reflejo en la ventana  (que ya va necesitando la limpieza de vidrieras que hago cada vez que acaba el invierno) me devuelve una imagen pálida. O peor, amarillenta. No sé en qué momento de mi vida pasé de ser una joven lozana y vivaracha a un oso pardo que pasa los inviernos hibernando. Por inviernos, como ya sabéis, entiéndase sólo enero y febrero (diciembre, es el verano de mis inviernos). 
Yo, que he salido en mis años de instituto desde el viernes a las seis de la tarde que llegaba del colegio hasta el domingo a las doce de la noche que nos cerraban la discoteca del pueblo. Yo, que cada año elucubraba diferentes teorías pitagóricas para explicarle a mis padres que la madrugada en la que se cambiaba la hora de los relojes me tenían que permitir recogerme una hora más tarde.  Yo, que he llegado a salir con una bolsa de agua caliente en el bolso para calentarme las piernas y poder sentarme en las terrazas en invierno sin entumecerme. Yo, que he hecho botellón (siendo abstemia), en pleno invierno hasta las cuatro de la mañana con la única motivación de estar en la calle y hacer vida social. Yo, que en todas las actualizaciones de google street me han pillado saliendo o entrando de mi casa (lo prometo, la última me la mandó un amigo el otro día.  No la pongo como prueba de que no exagero porque igual mañana se me llena la casa de admiradores y ramos de flores y yo acabo de pasarle la fregona a los escalones y paso de que me pisen lo fregado). Pues bien, no sé cómo, ese “yo” ha desaparecido. Ha escapado de la jaula de mi cuerpo y me ha dejado en su lugar a un vejestorio que no ha salido ni una sola noche de invierno (durante el día sí, para qué os voy a mentir). Hasta he aprendido a hacer crochet, no os digo más. Una manta de cuadros me he hecho en mis noches de sábado. 


Pues esta desidia de la que os hablo se ha apoderado de mí hasta límites inabarcables, incluyendo la lectura. Me he dedicado a leer obras infantiles en inglés, tareas que no me requiriesen el más mínimo esfuerzo intelectual; y a ver series policiacas americanas, unas tras otras. He adquirido un vocabulario anglosajón sobre delitos, comisarías, armas y demás, que estoy por presentarme a unas oposiciones en algún departamento estadounidense de las fuerzas del orden.

Y en éstas andaba yo, cuando decidí citar a alguien para que me hablara de una de mis autoras favoritas, Jane Austen. Prometo que puse todo mi entusiasmo en arreglar la mesa del Lapin. Coloqué un mantel blanco de algodón egipcio, una tetera que me regalaron en Oxford, con tazas blancas y unos bollos recién horneados. Y puntual, al té del mediodía, hacía su entrada el sobrino de Jane Auste, James Edward Austen-Leigh. 

La imagen era la de un hombre formal, distante, correcto, pero quizás algo indolente. Comienza a narrarme la que dicen que fue la primera biografía de mi querida Jane. Lo escucho de la manera más apasionada que sé, incluso habiendo empezado advirtiéndome que no son muchos los datos que maneja… 


Tras un rato de su narración, me encuentro dándole vueltas a la cuerdecita del té alrededor de la cuchara, observando cómo caen las gotas, ya frías, encima del platillo de porcelana que actúa como base. No sé si es porque él se va por las ramas con familiares lejanos de los que yo nunca había escuchado hablar. Quizás sea mi actitud abúlica. Pero el señor Austen-Leigh, me aburre. Mis ojos siguen clavados en los suyos, pero si dejara un momento de hablar sobre bisabuelos, o de cómo él consiguió su título nobiliario, o intentar justificar que Jane Austen no pertenecía a la burguesía (a ver, que yo la quiero mucho, pero tampoco creo que tuviese las uñas negras de restregar el suelo limpiando)… Quizás, si dejara de liarse tanto, se percataría que mis pupilas dilatadas están totalmente inertes. No le enfocan.
Mi mente se ha ido a otro lugar en mi imaginación, donde he colocado a Austen-Leigh a un lado de la mesa y a George R.R. Martin a otro, y me dedico a esperar a ver quién de los dos cae antes desfallecido al suelo, debido a la deshidratación fruto de la verborrea sin límite a la hora de hablar de lazos familiares (de personajes reales en el primer caso, de personajes ficticios en el segundo). 


Chawton

 
Los únicos momentos en los que ha captado mi atención de verdad, ha sido cuando me ha mostrado alguna de las cartas que escribió Jane Austen (una de ellas al propio príncipe de Gales, que era un apasionado de sus novelas), o cuando ha mencionado Chawton como una casa que el lector no debe visitar porque ya no queda nada de lo que fue cuando Jane la habitaba. En esto último, tengo que llevarle la contraria. Quizás porque ha sido rehabilitada o por algún otro motivo, Chawton sigue mostrando hoy un gran esplendor, y creo que todo amante de Jane Austen quedaría encantado con la visita.

Me he alargado muchísimo pero, en resumidas cuentas, lo que os he querido contar es que sólo salvo la parte donde se encuentran algunos fragmentos de la correspondencia de la señora Austen. Puede que esta apreciación se deba a mi actitud apática de los últimos meses, no lo sé. Lo que sí sé es que yo no tengo sobrinos. Pero si el día de mañana, alguno de mis sobrinos escribiese una biografía mía tan sosa y con tan pocas demostraciones de afecto, juro que me levantaría de la tumba emulando la película “El Cuervo” y me pondría a repartir sopapos a diestro y siniestro a cada miembro familiar que hubiese permitido aquello.


Ya comenzamos los paseos delante del mar

Y sé, que muchas de vosotras sois amantes y defensoras fieles de todo lo que huela a Jane Austen, así que espero no haber herido muchas sensibilidades. Si queréis, podéis arrojarme piedras, la coraza de escarcha y palidez que ha dejado el invierno en mi piel me protegerá.


Un beso a todas! En breve paso por todos vuestros blogs para empaparme de vuestras palabras y recomendaciones.



miércoles, 6 de noviembre de 2013

Remember, remember the fifth of November…

El pasado sábado, pensaba pasarme la noche en casa viendo alguna serie. Sin embargo, unos amigos me pidieron que les hiciese de canguro y se truncaron todos mis planes. De camino a la casa, que se encontraba en mitad de la nada, sin farolas, sin indicaciones, una carretera de campo… me llamó la atención que en los pueblos de alrededor parecían estar tirando fuegos artificiales sin descanso.

Bonfire en Londres

En cuanto llegué, le pregunté al padre que a qué se debía y me explicó que era la Bonfire Night (Noche de las hogueras) (en realidad esa noche es la del 5 de Noviembre, pero como este año caía en martes laborable, pues pasaron el festejo al sábado). Conmemoran el intento fallido de algunos cristianos, entre ellos Guy Fawkes, de hacer estallar el Parlamento en el año 1605, debido al mal trato que recibía este grupo religioso por parte del rey (a muchos os sonará la historia por V de Vendetta).  Para celebrar que aquel atentado no tuvo éxito, hay espectáculos pirotécnicos en todas las ciudades y pueblos y los niños queman muñecos de Guy Fawkes.

Ocho de los conspiradores


                                                     

Y tras la explicación y los niños acostados, allí me encontraba yo: sola, en una casa de campo descomunal, con ventanales por todos sitios que daban al oscuro jardín, escuchando la tormenta y los aullidos del virulento viento que se había levantado,  con mi móvil inglés apagado y sin batería (como de costumbre) y con la sensación de que, en cualquier momento, sonaría el teléfono de la casa y yo lo cogería para ver cómo una voz ronca y distorsionada me amenazaba desde dentro de la casa… (sí, así de valiente soy yo sola y en la oscuridad…).

Pero como no tenía más remedio que quedarme allí y hacerme la valiente, pensé en llamar a alguien para que me hiciera compañía. Y entonces pensé en ella, una escritora que cuando estamos leyéndola, la sentimos cálida, reparadora, cercana… casi como una amiga.

Escritorio de Chawton



En cuestión de minutos, me instalé al lado del horno de la cocina (unos hornos antiguos que aquí dejan encendidos las veinticuatro horas del día) y Jane Austen vino a compartir la noche conmigo. Me encanta encontrarme con ella en Noviembre.

Cocina de casa de Jane Austen, Chawton

Sus palabras me envolvieron desde el primer momento en que me presentó a Emma. Preparamos té, que acompañamos con algunas chocolatinas que aún quedaban del “truco o trato” de los niños, y pasó seis horas narrándome el peculiar carácter de Emma Woodhouse; el comienzo de la amistad de ésta con Harriet Smith, una chica más joven y humilde, a la que traerá de cabeza con sus consejos sobre el amor; la hipocondría del señor Woodhouse; las protocolarias visitas a su casa para la cena y los juegos de cartas… 



Las horas pasaron casi sin darme cuenta, me encontré con una Jane Austen risueña y sarcástica que me sacaba una sonrisa en cada momento. Sin embargo, en cuanto se abrió la puerta de la cocina y los padres de los chicos entraron a las dos de la madrugada, la señora Austen se levantó y se fue por la puerta principal, tan discreta como siempre.


Así de bien acompañada pasé mi Noche de las Hogueras (que hubiese querido publicar antes, pero me ha sido imposible, soy como el conejo de Alicia, siempre voy con falta de tiempo). Aún no he terminado de leer Emma, pero estoy deseando volver a invitar a Jane Austen a tomar una taza de Earl Grey (con leche, por mucho que me digan los ingleses que es sin leche) y pasar juntas todas estas tardes de lluvia, en las que la oscuridad de la noche se hace dueña del cielo cada vez más temprano (16:30).
Las fotos son todas de Internet, excepto las de Chawton que las hice durante mi visita de las Pascuas pasadas.