Retiro la mirada del
papel que cubre las paredes de este antiguo café-cabaret y observo por el cristal
de la ventana. Vuelve a llover. Parece que esta primavera, las nubes se
resisten a marchar. Con una taza de chocolat
chaud entre mis manos, comienzo a ojear Maestros Antiguos (T.
Bernhard).
Ahí está Bernhard, tal
y como lo recordaba, con sus frases reiterativas y su estilo tan personal e
innovador. Sonrío al ver el formato de la obra (un solo párrafo desde la página
1 hasta la 193, sin descanso). Es un provocador nato.
Me cuenta la historia
de Reger, un señor austríaco que va cada día, desde hace treinta y seis años,
al Kunsthistorische Museum para
contemplar el “Hombre de la barba blanca” de Tintoretto.
Desde la sala Bordone, donde Reger se sienta, nos irá haciendo partícipes de su
opinión acerca de las obras maestras. Para él, todas tienen algún detalle que
las hace imperfectas, sólo tenemos que observar bien para descubrirlo.
Me detengo en una de
sus reflexiones sobre los profesores actuales y las visitas a los museos: “En esas visitas al K. Museum los profesores,
con su pedante insuficiencia, ahogan en esos alumnos toda sensibilidad hacia la
pintura y sus creadores (…) Una vez que han entrado con sus profesores en el K.
Museum, esos alumnos no vuelven a entrar en él en sus vidas”.
A pesar de su claro
tono pesimista, no le falta razón en muchas de sus afirmaciones. Aún recuerdo
mi primera experiencia en el Museo del Prado, tenía nueve o diez años. Acabé
sentada en el suelo, en mitad de una sala, llorando de cansancio y
desesperación.
El discurso de Reger me
ha hecho retrotraerme a mis clases de Museografía en la facultad. En mi
promoción éramos muy pocos alumnos, no llegábamos a quince, así que los debates
y las discusiones se sucedían diariamente. Eran clases dinámicas, con mucha
libertad, parecían tertulias entre amigos. Algunos defendían la gratuidad total
de los museos, otros estaban completamente en contra, más atrás reclamaban que estos
debían contener menos obras porque es imposible visitarlas todas… Me parece
enriquecedor las opiniones encontradas.
A mí me gusta que los
museos aglutinen a todos los artistas que crean necesarios. Me parece más
práctico ir al museo del Louvre y encontrar esa cantidad de esculturas clásicas,
donde cada uno puede elegir con la que deleitarse; a que las obras estuvieran
repartidas por todo el mundo. Mi ritual antes de visitar un museo es pasarme
los días precedentes buscando en el catálogo virtual las pinturas y esculturas
que me interesan. Luego las apunto en una hoja de libreta y, una vez que estoy allí,
sólo voy a contemplar aquellos autores que me gustan (bueno, excepto si es Orsay, ahí me hace falta un papiro en vez de un
folio). En mi humilde opinión, es agotador querer ver todas y cada una de las
salas, creo que llega un momento en que dejas de apreciar los detalles, la
belleza y las singularidades de cada obra. Aunque comprendo que cada uno usará
el método con el que mejor disfrute. Al fin y al cabo, los museos son eso:
contenedores de belleza, expresión y sensaciones.
Me pregunto… si tuviese
la oportunidad de contemplar una obra diariamente, durante años como hacía
Reger, ¿cuál sería? Quizás me podría pasar las horas muertas en la Terrase du
Caffé de Van Gogh, imaginando la vida de los transeúntes; o
haciéndole compañía al Niño asomado a la ventana de Murillo,
mientras me cuenta lo que ve a través del alféizar; aunque también me gustaría
darle la bienvenida a diario a la Primavera de Botticelli, para que cada
mañana llenase mi vida con el aroma de sus flores. Creo que no sabría por cual
decidirme.
Por último,
he de confesar que soy adicta a esas tiendas de los museos repletas de postales…
No me puedo controlar, siempre me justifico igual: “por si no tengo oportunidad
de volver”. Tengo varios álbumes de fotos colmados de postales y los
marcapáginas apretados en una lata de galletas francesas (y lo peor es que
luego me da pena usarlos).
Con este
tiempo hoy me quedo sin mi paseo por el campo. La lluvia me da ganas de
colegios ingleses, creo que pasaré la tarde viendo El club de los poetas
muertos. ¡Gracias por pasar y disfrutad de la tarde!
(La entrada la escribí ayer, pero no pude publicarla. Hoy ya ha mejorado mucho el tiempo y tendré mi paseo por el campo con mi perra).
(La entrada la escribí ayer, pero no pude publicarla. Hoy ya ha mejorado mucho el tiempo y tendré mi paseo por el campo con mi perra).


